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Sleeperbus

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Relato ganador: “En busca de un público”
(Seudónimo Tic Tac de Carrillón)

Con la cuarta para laúd de Bach y alguna transcripción de Schubert  tenían la entrada paga. Dudaba del resto, es cierto; es que a veces me canso de Albéniz, de Tárrega, y me juego con la Cavatina de Tansman para el cierre, y entonces algo se quiebra y duele y desentona, y los aplausos surgen sólo porque las manos están ahí para batirse; pero el hall al final es un lamento entre abrigos y pedidos de remises, un inventario de apuro en donde a todos les faltó el Capricho Árabe o un movimiento de Iberia.

Yo no toco para todos, o sí,  no sé, porque a la larga el que paga entra, y si se aburre y extraña el Martini vespertino y el best seller recién empezado no es mi culpa. No soy tan responsable de mi arte, sólo de su útero, de su gestación; no existe dios, ni viento, ni raíz que le firmen una garantía a la rama, ni al mísero durazno que se agarra con las uñas, con el último músculo de su cáscara para no caerse ante los cobres desafinados del crepúsculo.

Por eso el aeropuerto cerrado no era cosa mía; los trasbordos  a otros rumbos, los pedidos de datos, las corridas imprevistas a diversas bocas de acceso…

Se me aconsejó desistir. Que la ciudad en llamas, que el riesgo, que los transportes interrumpidos… Con el pasaporte sellado y la guitarra al hombro agradecí las exhortaciones inútiles y me perdí en las calles verdes, entre parvas de escombros y charcas de combustible. En una plaza inevitable asomé entre mis dedos un mapa del lugar, lo examiné: diez cuadras me separaban del hotel, hacia él partí; los toboganes mutilados se alejaron a mi paso, nada les hubiera aportado mi tristeza.

La hostería era una mansión antigua, cobijada por álamos irreductibles -sombras inacabables que anochecían las paredes cansadas-; una edificación isabelina adaptada al turismo  a la  que, cada tanto, los tiros revolucionarios devolvían al pueblo descascarada y sin agua caliente, reservando las habitaciones premium para los comandantes y los burócratas. (Al tiempo, el paraíso socialista se quedaba sin monedas y una cadena hotelera ofrecía planes  a jubilados europeos, hasta la próxima revuelta…)

La entrada hermética denotaba abandono. El llamador retumbó en mi mano con la reverberancia sucia de un timbal envejecido. Quien, minutos después,  asomó su nariz  por la puerta entornada me despidió sin miramientos; el lugar no recibía personas hasta nuevo aviso –hasta nuevo gobierno-, los pasajeros habían abandonado las instalaciones hacia mejor alojamiento –hacia otro país-.

-Tengo reservas –le dije alargándole un papel con membrete del productor que me había contratado.

Argüelles y compañía… -leyó la voz, observando el recibo- Él ya tiene reservado su lugarcito… -agregó alargando las sílabas-.

-¿Perdón? –pregunté, sin entender la ironía-.

La puerta se abrió. Un perfume a violetas se escapó de la sala, un aroma antiguamente aristocrático -como aquellas lociones de la Franco Inglesa de esa Buenos Aires tan infinita, tan bajo tierra, tan eternamente muerta…-.

-Que Argüelles fue baleado hoy en la frontera, cuando intentaba escaparse con su familia, al igual que unos cuantos –me acotó secament-.

El silencio que esgrimí fue de una incomodidad mutua. El viejo se apiadó y me invito a pasar:

-Tengo run adentro, ¿quiere?

-Quiero mi habitación. Esta noche es mi concierto en el Splendid, necesito una ducha y silencio para estudiar.

-Pero… ¿no me escuchó? El centro de la ciudad es una hoguera. Al productor que lo invitó lo acribillaron hace horas, y el teatro del que habla se está usando de cuartel.

-Yo recibí un giro hace una semana, y me comprometí a tocar, el resto no es cuestión mía.

-Es afortunado, entonces: cobró antes. Míreme a mí, esperando que mis patrones  de Wall Street negocien con los triunfadores  a ver si esto sigue o lo toman para centro cultural. Váyase a su país cuanto antes, en avión, nadando…

-Mañana con gusto. Esta noche toco en el Splendid.

-¿Y para quien piensa tocar?

-Para Argüelles, o para nadie, como siempre.

 

A pesar de creerme un loco, el hombre me dejó tomar uno de los  cuartos. Unas pilas agónicas me dieron vista amarilla y entristecieron los óleos, valiosos, es cierto: Arburola, Salgado, Zúñiga; todos centroamericanos, y tonalizados burlonamente por la linterna.

Me lavé la cara con una jarra, y me eché a dormir en las sábanas polvorientas, aguardando a la luna, la hora de tocar. El sueño fue recurrente -como en todo descanso previo a una gala-: una pareja desnuda se amaba desesperadamente, ignorando mi presencia, desoyendo   lo que yo tocaba. Unas campanadas lejanas los sorprendían y, luego de morderse los labios, huían sin siquiera mirarme.

El picaporte me despertó. El viejo entró a la habitación con un predecible plato de sopa recalentada.

-Es lo único que puedo ofrecerle –me dijo.

-Gracias. Ya tengo que irme –contesté mientras bebía dos cucharadas fingiendo placer- ¿Cómo puedo…?

-¿Llegar al teatro? –adivinó, seguro de mi convencimiento-. Rezando, joven… Rezando.

 

En la avenida correteaban unas tanquetas turbias; el cielo estrellado y unos jazmines ilesos hacían más poético ese andar violento en la noche. Tuve miedo, me supe  impotente, perdido, pensé en irme, olvidar esta cuenta pendiente, ese gesto de lealtad con el empresario muerto, y buscar a tientas la embajada y pedir auxilio.

Un camión de soldados se detuvo ante  mi presencia, alumbrándome, pidiéndome identificación, respuestas rápidas sobre

mi rumbo  y mis motivos. Los noté  adolescentes, temerosos, aun más que yo, y sorprendidos ante mi contestación escueta. Me supusieron médico,  o eso creo; no advirtieron la forma del estuche que portaba.

Ya en el acoplado me sirvieron café tibio, con un frasco sin marcas lo hirieron a chorros breves de whisky, acaso para alivianarme la brisa nocturna.

La llegada fue rápida, la ciudad desierta cedía ante el paso  armado y murmuraba un silencio de espera, una tranquilidad frágil. La zona estaba cercada, un cordón de hombres rodeaba el teatro. Pedí hablar con el responsable, accedieron  a mi sugestión, quizá por extranjero, tal vez intuyéndome diplomático.

-¿Y usted no entiende nuestro idioma? –me preguntó el supuesto coronel a cargo, apoyando sus piernas en el escritorio, extrañado por mi decisión a pesar de las advertencias recibidas en el aeropuerto.

-¿Y usted no entiende de moral? –repliqué, desconociéndome en tal bravuconada, acaso  indignado por la muerte de mi contratante, tal vez sabiéndome irremediablemente condenado-. Me pagaron por tocar y para eso vine.

-O sea que se cae el mundo y usted con su guitarrita.

-Y quién le dijo que yo entiendo al mundo… Soy un intelectual, no se olvide -completé con una ironía que no pareció divertirlos.

-Dejalo che… -dijo el otro, hasta ahí en silencio, ridiculizando ahora mi acento argentino- Del país de éste salieron grandes revolucionarios… -completó, pasándome los dedos por una de las solapas.

-Y grandes boxeadores –tiré yo, amenazante-.

-Guapo el pibe –dijo el otro, prosiguiendo la burla-. Hacelo pasar al camarín.

Todavía recuerdo el temor de esos rostros; los jerarcas me arrojaron junto a ellos. Eran unos chicos temblorosos, de casacas roídas, puestos a cuidar con su pellejo la planta baja de ese teatro convertido en improbable cuartel.  Reconocí algunos compañeros de viaje del camión reciente. El combate empezaría pronto, decían en tono quedo. Alguien, no sé quién, atacaría: tropas leales al gobierno saliente, un ejército extranjero, una milicia enemiga,  alguien sin rostro, sin nombre, con un miedo parecido y defendiendo una causa ajena contra otra causa ajena.

Las luces comenzaron a extinguirse, unos pasos sonoros y unos gritos anunciaron la llegada de los contrarios.  Yo tomé   una cantimplora y le di a beber a dos heridos graves.  Un soldado me tomó del brazo piadosamente, retirándome del lugar para evitarme el combate. Uno de los moribundos me miró fijamente al alejarme, sé que me dio las gracias en silencio.

Sentado en el sótano, abracé la guitarra y hundí mi cabeza entre las rodillas. Alguna cuerda resonó solitaria, tímidamente, en su refugio acolchado, acaso por simple simpatía armónica con los hierros explotados a lo lejos; miré el estuche y lagrimeé al compás de los aullidos de terror, me sentí vano, un poco más que de costumbre.

Al rato –quizá una hora o más- un silencio definitivo quebró mi tristeza. Subí a la sala, la quietud me notició el final: los responsables habían fugado ante el ataque enemigo, la defensa arrasada no mostraba sobrevivientes…

Entre butacas deshechas y escombros infinitos, mis compañeros de café con whisky aguardaban el abrigo definitivo de la tierra y una nota inexacta en sus tumbas.

Yo tomé mi guitarra, subí al escenario, afiné, y toqué para ellos.

 

 

PSEUDONIMO: TIC TAC DE CARRILLON

MARCELO GALLIANO DI CONSOLI

Buenos Aires

Argentina